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La gorda en tobogán, una pasión desenfrenada

  • Regina Freyman
  • 12 dic 2012
  • 5 min de lectura

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A Georgette por regalarme una metáfora bien choncha.

Anoche cene con amigas, una de ellas dijo desesperada, ya no quiero lanzarme al amor como gorda en tobogán. Pero ¿se puede amar intensamente deteniendo al pesado amor que resbala? ¿No será eso, el peor de los suplicios?.

«A la gente le gusta sentir. Sea lo que sea», escribió Virginia Woolf en su diario.

Nos morimos de amor, de pena, de ganas, de miedo, nos morimos de aburrimiento, y, a pesar del riesgo turbulento de los afectos, la anestesia afectiva nos da pavor. Somos adictos a las emociones.

Las descripciones del amor, nos dice el filósofo José Antonio Marina, insisten en la contradicción: «Mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, / enojado, valiente, fugitivo, / satisfecho, ofendido, receloso», eso es el amor según Lope de Vega. Para Quevedo, «es hielo abrasador, es fuego helado / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado».

¿Para qué conocer los sentimientos? Porque ya no podemos pensar que razón y sentimientos son dos ríos aparte, pensar y sentir son una misma cosa toda la conciencia de lo que somos, aquello que llamamos ser, que es una construcción de la mente, no es más que una especie de escritor que va armando la novela de nuestra vida, toda experiencia y toda idea entra a partir de los sentimientos, esta capacidad sensible es la que imprime en nosotros un recuerdo y la que, a partir de nuestras aventuras pasadas se atreve a soñar el futuro.

La historia de la humanidad, desde los griegos hasta nosotros, y nuestra historia individual no es otra cosa que el intento por contestar a una sola pregunta: ¿Qué hacemos con lo que sentimos? Vivimos pues encerrados en nuestro laberinto emocional tratando de encontrar el camino que nos lleve a mayor placer y a darle sentido al dolor.

Los sentimientos son el principio y el fin de nuestro comportamiento. Como maestra y como una persona que gusta de escribir, los sentimientos me apasionan, el filosofo José Antonio Marina dice en su libro “El laberinto emocional” que los escritores somos expertos en el tema. Y es que detrás de cada sentimiento se esconde una historia, un sentimiento es la gatillo que dispara un argumento de: amor, odio, tristeza, etc.

La emoción y el sentimiento, si bien son parte de un ciclo fuertemente unido, son procesos distinguibles. La emoción es una percepción breve, de aparición normalmente abrupta acompañada de alteraciones físicas (agitación, palpitaciones, palidez, rubor, etc.). Los sentimientos son percepciones mixtas de lo que ocurre en nuestro cuerpo y mente cuando nos emocionamos, es un conjunto de emociones duraderas y estables.

Por ejemplo, una emoción se hace presente: el miedo, se toman ciertas acciones huir o quedar congelado; se sienten contracciones en el intestino, y se manifiestan ciertas expresiones, por ejemplo, rostro y postura de terror. Los sentimientos constituyen el siguiente paso, siguiendo los talones de la emoción, se trata del último proceso emocional: la percepción compuesta de todo lo que ha pasado durante la emoción de las acciones, las ideas, el estilo con el que fluyen las ideas se concientizan en eso que llamamos sentimiento.

Pensemos en la gorda del tobogán, una mujer y un hombre se conocen, tomemos al hombre como nuestro conejillo de indias (la gorda del tobogán nos habita sin restricción de sexo, edad, o posición económica). Él experimenta un fuerte deseo, una atracción inusual, esto es una mera emoción. Con el tiempo y el trato, se combinan emociones: las cualidades de esa mujer en particular, provocan un sentimiento positivo, acompañado de atracción, deseo sexual, deseo de ser querido o afán de conquista. Este sentimiento suele ir acompañado de otros sentimientos de exaltación, miedo, furia y preocupación ¡Cómo no va estar gorda la cosa si el pobre hombre lleva puestas todas estas emociones!

Los sentimientos se componen de dos aspectos:

(1) un estado particular del cuerpo, durante una emoción real o simulada, y

(2) un estado de alteración del pensamiento y un despliegue de ciertos guiones mentales, nos contamos la historia de aquello que sentimos. En ocasiones, ciertos estímulos son lo suficientemente ambiguos para activar más de una emoción, lo que lleva a un estado confuso.

Es muy probable que nuestro pobre hombre que sirve de tobogán a la gorda haya, además construido desde muy chico un mapa emocional que esa mujercita parece calzarse como zapato de Cenicienta. Lo más probable es que sea el efecto de una ilusión pues los mapas son siempre modelos sintéticos que el objeto que representan los excede para bien y para mal, sobretodo lo último, porque uno se piensa que, por ejemplo, un ser apasionado lo será sólo para noches de romance, y no, es probable que se apasione de igual modo porque no se cumplieron sus caprichos.

Tememos tanto a los sentimientos y a sus excesos que aquello que llamamos pecados proceden de un estado sentimental que se ha salido de control. Ejemplo de ello son los 7 pecados capitales:

  • Envidia, sentimiento negativo, de malestar, rabia o tristeza. Con frecuencia se considera a la otra persona culpable de ese malestar, humillación o desdicha.

  • Soberbia, sentimiento exagerado de la propia dignidad o valor provoca un sentimiento positivo, con frecuencia evaluado negativamente por la sociedad, acompañado de desdén hacia los demás, comportamientos de superioridad y deseos de ser alabado.

  • Ira, la percepción de un obstáculo, una ofensa o una amenaza que dificultan el desarrollo de la acción o la consecución de los deseos, provoca un sentimiento negativo" de irritación, acompañado de un movimiento contra el causante, y el deseo de apartarlo o destruirlo.

  • Pereza, la experiencia de algo ligeramente molesto, repetitivo o sin interés, o la falta de ocupaciones o de estímulos agradables, provoca un sentimiento negativo, acompañado de una sensación de alargamiento del tiempo, de pasividad o de una difusa actividad, y de deseos vagos de experiencias estimulantes.

  • Lujuria, proviene del deseo y es la percepción de algo o de alguien despierta un sentimiento positivo de interés, armonía, deleite, que se continúa con un movimiento de atracción y deseo.

  • Avaricia, deseo y apego exagerado hacia los objetos materiales

  • Gula, deseo exagerado hacia la comida y bebida

Regresemos al clavado de la gorda. El hombre perdido de amor reprime a su gorda para que no caiga de golpe y porrazo. Pero la gorda está ahí, claustrofóbica en el tobogán, siente la ilusión, las palpitaciones y deseos pero no la dejan salir ¡la tienen semiatorada en el maldito tobogán! La piel le arde, suda y el pobre organismo que la constriñe sufre, ni resbala, ni goza ni nada, eso sí, siente que tiene controlada a la pobre gorda adolorida. La gorda está ahí por más que se le controle caerá el chapuzón será una combinación de frescura, exaltación y salpicará, vaya que lo hará,. Nadie sale inmune de amar, la pregunta es sencilla ¿Vale la pena la raspadura interior de controlar un sentimiento qué de todos modos caerá? ¿No les parece eso un gran pecado?

 
 
 

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