Jingles
- Regina Freyman
- 11 nov 2010
- 3 min de lectura
La memoria es una especie
de consumación,
de renacimiento
incluso
un comienzo, pues los espacios que abre son lugares nuevos
habitados por multitudes hasta ahora
impensadas
... Un mundo perdido,
un mundo insospechado...
Carlos William Carlos
Es Tití la mamá que con movimiento de suave ternura arrullará a su bebé... El chiste de los Bimbuñuelos es que son trocitos de sabor con chiste.
Siempre están oyendo esos comerciales una y otra vez, los bajaron de Youtube, dicen que son un pasadizo secreto a su infancia. O escuchan entradas musicales de viejos programas de televisión y pasan la tarde entretenidos como si fueran unos niños. Se mueren de risa y a lo lejos pareciera que la luz es algarabía que inunda el cuartito de los abuelos.
Chocolates Turín ricos de principio a fin...Hasta que usé una Manchester me sentí a gusto.
Hay tardes que discuten porque han olvidado el nombre de una actriz o tergiversan la trama de una vieja película.
Hay que compartir, el momento feliz.

Hay quienes dicen que hasta bailan, una tarde hubo que recoger a la abuela que, atorada con los barrotes de la cama, no podía levantarse, el abuelo la regañó mucho pero daba ternura ver como entre reprimendas le sobaba la cabeza. No les gusta que los molesten y, si no fuera porque se les olvida comer, nadie entraría ahí. Del accidente, como de todo lo que pasa en el recuadro luminoso de su ventana nos avisan los vecinos que viven pendientes de lo que no les importa.
Entre el zapato y el pantalón se encuentra el detalle de distinción: Doneli... Petacas, las de Miguel.
Es difícil seguirlos, comprender eso que llaman televisión que es el antecedente del móvil y que sólo exhibía programas de una hora a lo sumo, interrumpidos por esos comerciales que eran cortes que duraban como veinte segundos para anunciar algún objeto.
Él viejo insiste en que le devuelvan su aparato, esa caja cuadrada y estorbosa. De por si estamos reducidos, les contesto para que dejen de molestar. Sus libros ya son un engorro que hay que tolerar, pero se mueren sin ellos. Los leen poco porque les es más cómodo proyectar los textos en la pared, agrandan la letra y se leen uno al otro pero, presos por no sé que idea fetichista buscan el libro que aloja esas palabras y lo miran o lo acarician sumidos en un trance.
A qué no puedes comer sólo una...Santa Claus, Santa Claus, sidra Santa Claus... Agarra la jarra, agarra la jarra con Bacardí y tu refresco se prepara una jarra.
Resulta absurdo pensar que los productos se anunciaran y hablaran de bondades y ventajas, eso ya no existe, todo cuanto usamos y consumimos depende de nosotros, de nuestra libertad creadora; es cierto que se concibe eso que ellos llaman marca, equivalen a los sitios por suscripción donde diseñamos aquello que moldea nuestra única y emblemática personalidad.
Siga los tres movimientos de FAB: Remoje, exprima y tienda.
Todo es parte de esta ideología nuestra libre de sentimentalismos y nostalgias. Y sí hay marcas, pero ya no se anuncian, desarrollan películas que crean consciencia, temas sociales que levantan simpatía, se venden, claro, pero por afinidad y convicción. Nada nos dicen de sus ventajas competitivas, uno se convence por los resultados que se muestran en los personajes del espectáculo que, honestamente los usan y que como nosotros, conciben sus bondades y sustentan su filosofía.
A dormir, a bañarse es Lagrimitas Lilí en su estuche cada uno y uno en uno para ti.
¿Juguetes? Absurdo. Los niños almacenan miles de escenarios y avatares virtuales en cuartos inmaculados, todo es orden y sentido. Por eso la recámara de los abuelos es intolerable y huele a comida, se oyen gritos y risas locas, música que podría internarse en sus oídos sin molestar a nadie.
Con juguetes Mí Alegría, siempre felices estamos, con juguetes Mi Alegria, aprendemos y jugamos.
Eso que ellos llaman alegría es poco razonable, innecesario, se comportan como los personajes de esos viejos comerciales con sonrisas aparatosas, sonrisas Colgate diría mi abuela, y se tocan y se abrazan, juegan como niños salvajes de épocas anteriores. Su espectáculo es vergonzoso y llamativo. Somos señalados por la cuadra entera.
Todas las tardes abren su ventana y, como si fuera un teatro, comparten su espectáculo a los cientos de curiosos que se aglutinan fuera de casa para entretenerse, para descifrar o para burlarse de la pareja de locos que gritan desaforados: ¡Y sale qué tú eras Enrique Rambal y yo Lucy Gallardo! O se asoman por el balcón para decir : En la casa en la oficina tenga usted Vitacilina, es muy buena en rasponcitos, quemaduras que sean leves...
Al final se despiden con una canción (ellos le llaman jingles o algo por el estilo) Este es el trenecito del chocolate Express...qué rico y nutritivo y qué sabroso es.
Luego desfilan hacia su cama como gansos y un ¡Recuérdame! entre los labios.




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